Ciencias Sociales Formación Ciudadana e Interculturalidad
Tema: El cisma de la iglesia
católica en la Edad Media
Segundo
grado Sección C y D
Docente:
M.A. Carlos Humberto Garcia
El cisma de la
iglesia católica en la Edad Media
El Trono
de Piedra y las Dos Coronas: La Historia del Gran Cisma
Hace mucho tiempo, en una época de caballeros con
armaduras brillantes y catedrales que parecían tocar el cielo, ocurrió algo que
nadie pensó que fuera posible. La Iglesia Católica, que en la Edad Media era
como un gran paraguas que cubría a casi toda Europa, se rompió en dos. No fue
una rotura de cristales, sino una rotura de corazones y de mandos. Esta es la
historia del Gran Cisma de Occidente.
El nudo
en la cuerda
Todo
comenzó en el año 1309. Durante mucho tiempo, los Papas (los líderes máximos de
la Iglesia) habían vivido en Roma, una ciudad llena de historia en
Italia. Pero un día, un Papa francés decidió que Roma era un lugar peligroso y
se mudó a una ciudad llamada Aviñón, en Francia. Allí construyeron un
palacio de piedra gigantesco y hermoso.
Durante casi 70 años, los Papas vivieron en
Francia. Los franceses estaban felices, pero el resto de Europa, especialmente
los italianos, sentían que a la Iglesia le faltaba algo. Decían: "El Papa
es el Obispo de Roma, ¡debe vivir en Roma!". Era como si el capitán de un
equipo de fútbol decidiera vivir en la ciudad del equipo rival.
El
regreso y la tormenta
En 1377,
un Papa llamado Gregorio XI decidió que ya era hora de volver a casa y regresó
a Roma. Pero, poco después de llegar, murió. El pueblo de Roma estaba muy
nervioso. Se reunieron frente a las ventanas donde los cardenales (los sabios
que eligen al Papa) estaban votando y empezaron a gritar: "¡Queremos un
Papa romano o al menos italiano!".
Los cardenales, asustados por los gritos de la
multitud, eligieron rápidamente a un italiano: Urbano VI. Al principio
todos estaban contentos, pero Urbano resultó tener un carácter muy difícil. Era
rudo, gritaba a los cardenales y quería cambiarlo todo de golpe.
El gran
desacuerdo
Los cardenales franceses, que extrañaban la comida
y el sol de Francia, se enfadaron. Dijeron: "Elegimos a Urbano solo porque
teníamos miedo de la gente, así que esa elección no vale". Se marcharon de
Roma, se reunieron en otro lugar y ¡eligieron a otro Papa!: Clemente VII.
¡Y aquí empezó el gran lío! Clemente se volvió a
Aviñón y Urbano se quedó en Roma. Imagina que en un salón de clases, de pronto,
aparecen dos maestros. Uno dice: "Saquen sus libros de matemáticas",
y el otro dice: "No, guarden todo que vamos al patio". Los
estudiantes no sabrían a quién obedecer. Eso fue exactamente lo que le pasó a
Europa.
Una
Europa dividida
Los reyes de Europa empezaron a tomar bandos.
Francia, Escocia y España decían que el Papa verdadero era el de Francia.
Inglaterra, Alemania e Italia decían que era el de Roma. Las familias se
peleaban, los sacerdotes estaban confundidos y la gente común se preguntaba:
"¿Quién nos llevará al cielo si ni siquiera ellos saben quién es el
jefe?".
Pasaron los años. Los Papas de Roma y los de Aviñón
morían, pero en lugar de arreglar las cosas, sus seguidores elegían a uno nuevo
para continuar la pelea. ¡Incluso hubo un momento en que intentaron arreglarlo
eligiendo a un tercer Papa en una ciudad llamada Pisa, pero los otros dos no
quisieron renunciar! ¡Ahora había tres Papas al mismo tiempo!
La
reunión en el lago
Finalmente, todos se dieron cuenta de que la
Iglesia se estaba hundiendo como un barco con tres capitanes girando el timón
hacia lados distintos. En 1414, se organizó una gran reunión llamada el Concilio
de Constanza, junto a un hermoso lago en Alemania.
Fue la reunión más grande de la época. Reyes,
sabios y sacerdotes hablaron durante tres años. Lograron algo increíble:
convencieron (u obligaron) a los tres Papas a dejar sus puestos. En su lugar,
eligieron a un solo hombre que todos pudieran aceptar: Martín V.
Martín V regresó a Roma y, por fin, después de casi
40 años de confusión, la Iglesia volvió a tener una sola cabeza. El Cisma había
terminado, pero dejó una lección que el mundo nunca olvidaría: es mucho más
fácil romper algo que volver a unirlo, y que para que una gran comunidad
funcione, el diálogo es más importante que el orgullo.